Mi Experiencia Misionera

Mi Experiencia Misionera

Viajes en Motocicleta y Baños con Lluvia Fresca

por H. Lorena Sandoval, MGSpS

 

Uamotona hermana de mi comunidad y yo estábamos llegando a Barahona provenientes de Santo Domingo.  Las religiosas que nos hospedan cada vez que vamos a la capital nos habían regalado un costal lleno de comida enlatada, arroz, frijol y otras cosas.  ¡El bendito costal parecía que pesaba una tonelada!  Con mucho esfuerzo apenas si podíamos medio levantarlo la hermana y yo.  Al llegar a Barahona, sabiendo que sería muy difícil cargar el costal y caminar con él desde la estación de autobuses hasta la parada de la “guagua” (mini-van, o combi de transporte público) que nos llevaría a nuestro destino final en Enriquillo, decidimos que lo mejor sería pedir los servicios de un motoconcho (motocicleta), para que llevara el costal a la parada de la guagua.  Por estos rumbos no hay taxis tradicionales y la gente acostumbra usar motocicletas para su transporte cotidiano, los cuales llaman “motoconchos”.  Es  común ver viajar en “concho” a dos, tres o más personas junto con el chofer; además de los bultos, las bolsas y cualquier otra cosa que los y las clientes quieran llevar consigo.  ¡Es toda una hazaña viajar así en motocicleta!

 

En la estación de autobuses, le pedí a un señor motoconchista que nos llevara el costal a la parada de las guaguas que salen a Enriquillo y que por favor ahí nos esperara.  Nosotras nos iríamos a pie y allá lo encontraríamos.  El amable señor motoconchista acomodó el costal en su vehículo y se dirigió al lugar que le indiqué.  Mientras la hermana y yo caminábamos aprisa por la calle para llegar hasta la parada de las guaguas, vimos que venía de regreso el señor motoconchista.  El se detuvo y nos dijo apurado,  “¡súbanse que ya se va la guagua!”.  Le respondí, “no, nosotras nos vamos caminando”.  El insistió que nos subiéramos a la moto, diciendo “¡súbanse, yo las llevo, ya se va la guagua!”, mientras apuntaba hacia la distancia donde alcancé a ver la guagüita alejarse en el camino.

 

Cuando vi a esa guagua bendita alejarse en el horizonte, no lo pensé más.  Me monté en la motocicleta con todo y mochila y con la firme decisión de alcanzar a la guagua a como diera lugar.  La otra hermana, estupefacta, me miró con ojos de incredulidad mientras yo le decía que se subiera ella también.  El señor motoconchista también le insistía que se subiera, pero fue en vano, la hermana se rehusó a subir a la moto y mi chofer y yo arrancamos tras la guagua.  “Yo regreso por ella”, me dijo el amable chofer, mientras transitábamos por las calles de Barahona tras la guagua, al son del claxon de la moto y los silbidos del señor motoconchista, quien iba haciendo todo lo posible por llamar la atención del chofer de la guagua para que se detuviera.

 

Por fin se detuvo la guagua a un lado de la carretera.  Me bajé de la moto mientras el señor motoconchista le explicaba al chofer de la guagua que faltaba una persona más y que iría por ella.  Sin expresión alguna en el rostro, el chofer de la guagua asintió.  Parecía no haberle sorprendido lo que estaba sucediendo.  Un día más de trabajo en el transporte público de estas tierras, donde cualquier cosa puede suceder.  Tomé mi lugar en la guagua y noté que tras el último asiento estaba nuestro costal.  Durante el trayecto en moto en ningún momento me acordé del costal.  No accedí a subirme en la moto e ir tras la guagua por alcanzar nuestras pertenencias que se llevaban. Pero parecer ser que el chofer motoconchista sí iba pensando en el costal y que su apuración en alcanzar a la guagua se debía a que el mismo había colocado nuestro costal en la guagua que se dirigía hasta Enriquillo sin nosotras.

 

Después de unos minutos de espera llegó el chofer motoconchista con la hermana, como me había asegurado lo haría.  Cuando vi llegar a la hermana en la moto, con rostro desencajado y expresión de temor mezclado con sorpresa, le aseguré que jamás me hubiera ido yo a Enriquillo sin ella.  Fue necesario, aunque un poco imprudente quizá, el haberme montado en la moto para ir tras la guagua.  Pero si no lo hubiera hecho nos hubiéramos quedado sin transporte a Enriquillo.  Y el quedarnos sin transporte por esos lugares, ya entrada la tarde y a punto de caer la noche, hubiera sido aún más imprudente que la aventura de haberme montado en la moto, greña al aire, para perseguir a la guagua.  Además, por alguna extraña razón, el chofer del motoconcho me había inspirado mucha confianza. El alcanzó  a la guagua y se regresó por la hermana, tal como me lo había asegurado.

 

Después de darle las gracias al señor motoconchista y pagarle lo que le debíamos, él con una sonrisa de oreja a oreja y expresión de satisfacción en el rostro, nos despidió.  Tenía cierto brillo en los ojos y un no sé qué que me inspiró una extraña y a la vez familiar confianza.  ¿Un ángel disfrazado de motoconchista?  Quizá.  La guagua arrancó y entonces fue que me hice la pregunta, “¿acabo de hacer lo que acabo de hacer?”. ¿Acabo de montarme en una motocicleta para perseguir a un vehículo de transporte público?”.  ¿Yo que pienso bien las cosas antes de hacerlas y me caracterizo por ser prudente y cuidadosa?  Y me solté a reír.  Hasta las lágrimas.

 

Hace tiempo que no reía hasta llorar.  La otra hermana, al verme reír de esa manera, empezó a reír también y a contarme las peripecias que pasó por no saber cómo subirse ni bajarse de la motocicleta. Que sabroso es reírse hasta llorar, la verdad.  No pude desdibujar la sonrisa en mi rostro mientras viajamos durante poco más de una hora por la carretera Barahona- Enriquillo, la cual ofrece una bellísima vista por la costa.  Las olas del mar caribe parecían sonreír conmigo y su danza con el viento me alegraba el alma.  He pasado muchas cosas en el mes que llevo en estas tierras, pero jamás he pasado un momento aburrido con Dios a mi lado…

 

Cuando ha faltado el agua potable en casa y no hemos tenido ni para bañarnos, el Señor ha enviado unas tormentas donde el agua ha caído a torrentes.  Las cubetas y los tambos se han llenado hasta desbordarse y yo he sido muy feliz bañándome con agua de lluvia fresca. Cuando falta la luz eléctrica, salgo al patio de mi casa para ver la luna y las estrellas y vuelvo a confirmar que su brillo se aprecia mejor en medio de la oscuridad.  En medio de todo estoy descubriendo que las carencias o contratiempos que pueda sufrir por estar viviendo en una región pobre, en realidad no las sufro, simplemente las recibo tal como se me presentan, sin resistencia, porque ellas me traen una enseñanza, un mensaje que deseo descubrir.  Las experiencias cotidianas, por muy insignificantes que parezcan, me ofrecen el regalo y la oportunidad de ver el mundo y todo aquello que me rodea de manera nueva.

 

La misión, día tras día, es como hacer un viaje inesperado en la motoconcho de Dios, donde el chofer es Dios mismo, donde la meta se vislumbra en el horizonte y donde los vientos del Espíritu marcan la ruta a seguir. Sé que es el Señor quien me conduce por la carretera que me llevará a mi destino final, al lugar anhelado donde espero algún día poder contemplar el rostro sonriente de Dios.  Aquel  rostro que en esta vida se me presenta a través de los rostros concretos de los más pobres y olvidados. Espero, al final de ese camino, abrazar a mi Señor y verlo tal cual es. ¡Ese será el día más feliz de mi vida! Ver al Señor Jesús, quien alegra mis días y mis noches y quien disfruta conmigo- riendo hasta las lágrimas- la aventura inesperada de viajar en motoconcho tras una guagua pública en tierras Dominicanas.

 

Estas son de esas experiencias donde simplemente se logra ver con el corazón la sonrisa de Dios quien nos acompaña en todo lugar y en todo camino.  De esas pequeñas cosas que hacen de nuestra vocación una HERMOSA VOCACION.

 

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